CRÓNICA DEL CACAHUETE ESPACIAL
La nave casera, apodada cariñosamente El Cacahuete Espacial, se sacudía más de lo deseable mientras esquivábamos chatarra cósmica y planetas en venta. Estábamos en una misión crítica: encontrar vida inteligente y pedir asilo existencial, porque el planeta Tierra, ya sabes, no era un lugar muy acogedor últimamente. Además, se nos había acabado el té, y eso ya era el colmo.
"¡Cuidado con ese asteroide!", gritaste desde el fondo, mientras yo giraba inútilmente una rueda que aparentemente solo servía para regular la calefacción. El asteroide, grande y algo despistado, nos miraba con esa actitud casual de quien lleva millones de años flotando sin un plan definido. No hubo manera de evitarlo, y tras un sacudón que nos mandó al techo, terminamos embarrancados en la roca cósmica.
Nos miramos un momento, en silencio, hasta que decidiste romper el hielo: "Bueno, siempre queda la opción de pedir clemencia divina".
Y así, con esa invocación sin muchas esperanzas, comenzaron a aparecer figuras que se materializaron ante nosotros con una mezcla de pánico y sorpresa.
— "¡Por el cosmos, qué susto!", exclamó uno de los dioses, claramente desaliñado y con un aire de "no estaba preparado para esto". Se veía tan fuera de lugar que casi parecía uno de esos turistas intergalácticos que se pierden en las áreas restringidas.
Otro dios, mucho más corpulento pero con la expresión de un hámster atrapado, nos miraba fijamente y dijo: "Esto... solo para que conste, todo lo que decimos aquí no es en nuestro nombre oficial, ¿de acuerdo? Hay una enmienda cósmica que nos exime de responsabilidad."
— "¿Pero qué hacen ustedes aquí?", pregunté con la voz más seria que pude juntar. "¿Acaso no son dioses? ¿No deberían estar en algún lugar con más... relevancia?"
— "Bueno, sí, éramos dioses en su momento", respondió la diosa de turno, una figura nebulosa con un leve aroma a incienso. "Pero, ¿has visto lo que han hecho los humanos últimamente? Ni siquiera nosotros sabemos qué hacer con ustedes. Decidimos tomar un descanso y buscar asilo existencial también. Este asteroide parecía lo suficientemente remoto..."
Nos miramos todos en silencio. Era como si estuviéramos en una especie de asamblea improvisada de almas perdidas, cada uno buscando una excusa para estar donde no debía.
— "Entonces, ¿qué hacemos con el asteroide?", preguntaste tú. "¿Lo empujamos o lo dejamos que siga su camino? Porque, sinceramente, no estamos equipados para salvar planetas."
— "¡Oh, empújenlo, por favor!", dijo uno de los dioses con cierto temblor en la voz. "Si ese asteroide se estrella en algún sitio, nos culparán a nosotros, aunque estemos oficialmente retirados. No necesitamos más mala prensa."
Con un leve empujón (y un poco de suerte), logramos desviar la roca, y la nave El Cacahuete Espacial volvió a flotar con una dignidad recién adquirida. Los dioses se despidieron con un gesto apresurado, cada uno agradeciendo la "discreción" que les prometimos, y volvieron a esconderse en la inmensidad del cosmos, no fuera a ser que alguien les pidiera soluciones divinas para problemas humanos.
Si te has reído, considera invitarnos a un café. Necesitamos arreglar la calefacción de la nave y reponer las existencias de té para la próxima colisión.



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